Es muy probable que muchos de vosotros hayáis oído hablar del accidente de Palomares estos días, ya que el pasado domingo se cumplió el 50 aniversario. En dicho incidente, varias bombas nucleares estadounidenses cayeron sobre Palomares, tanto en tierra, dos de ellas, (aunque no estallaron), como en el agua, una que resultó estar intacta, de donde se pudo rescatar después de 80 días de intensas búsquedas.
¿Y a qué viene todo esto? Os preguntaréis. ¿Querrá enseñarnos la foto de Manuel Fraga (Ministro de Información y Turismo en esos años) bañándose en dichas aguas pocos días después para tranquilizar a la población? No, aunque curiosa es.
Pero más curioso es que, aunque por aquel entonces la radiactividad era conocida por ser nociva para el ser humano (al menos a esos niveles), unas décadas antes no era así. De hecho, se llegaron a comercializar productos con un montón de beneficios curativos, estéticos o, incluso, recreativo (sí, se usaban para jugar), que contenían ciertas dosis de radiación. Ayer, por ejemplo, en un bar cercano a la iglesia del Pilar en Valdemoro me encontré con una hoja de un periódico de 1909. En concreto, El imparcial, que en su página 6 de la edición del miércoles, 8 de octubre de 1909, tiene el siguiente anuncio.
